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sábado, 9 de julio de 2011

MARTES 29 DE SEPTIEMBRE DE 2009
Máxima fidelidad de la traducción a las constantes estilísticas del autor


El peruano Juan José del Solar es traductor de autores de lengua alemana, entre los que destacan Franz Kafka, Ingeborg Bachmann, Hermann Hesse y, fundamentalmente, Elias Canetti (quien lo nombró su traductor oficial al castellano). Por el conjunto de su obra, en 2004 recibió el Premio Nacional de Traducción, concedido por el Ministerio de Cultura de España, galardón que compartió con el argentino Mario Merlino, por su traducción Auto de los condenados, de Antonio Lobo Antunes. La siguiente entrevista, con Julio Zavala Vega (en la foto con el autor, sostiendo un libro), tuvo lugar este año.
Una charla en Miraflores
En una conversación que siempre regresa a los gratos recuerdos de una vida llena de viajes a Europa, Juan José del Solar, considerado por muchos como uno de los mejores traductores en lengua alemana al castellano, nos recibe en su modesta casa de Miraflores. A pesar de su hemiplejía, producto de un ataque cerebral que sufriera hace algunos años, el diligente traductor nos recibe con gran entusiasmo y sencillez.Háblanos de los inicios de tu interés por la traducción, al parecer vinculado al mundo de la música.
–Pues sí, curiosamente, el primer texto que tuve ganas y curiosidad de traducir fue un libreto de ópera, La flauta mágicade Mozart. Cuando mi madre me regaló los discos quedé tan fascinado por la música que me entraron muchas ganas de comprender el libreto, pero entonces mis conocimientos del alemán eran casi inexistentes. Debido a esto tuve que contentarme con la traducción aproximada de algunas arias que me hizo una amiga muy querida, ya fallecida, cuya lengua materna era el alemán. Sin embargo, de alguna manera, la musicalidad de la lengua ha seguido siendo siempre una preocupación central en mis traducciones, y tal vez por eso he recibido tantos elogios y comentarios favorables.
 –A propósito de la metamorfosis como categoría canettiana, tal como lo señalas en tu prólogo a Masa y Poder, ¿no crees que el traductor también se metamorfosea en el autor de la obra traducida? ¿Consideras que el traductor debe pasar inadvertido o debe aparecer?
–Mucho se ha escrito y discutido sobre este tema de la invisibilidad del traductor. Sin llegar al extremo de definir, como Goethe, a los traductores como “solícitos proxenetas que nos elogian a una verdad semivelada afirmando que es de todo punto entrañable, despertando así una irresistible atracción por el original”, me atrevería a postular, dentro de lo posible, la máxima fidelidad de la traducción a las constantes estilísticas del autor en el original. De lo contrario, se perdería gran parte del interés y la especificidad de la escritura de novelistas como, por ejemplo, Proust o Thomas Mann, con sus “frases-río”, o, por citar casos opuestos, el valor de la elipsis y la economía verbal en grandes escritores como Canetti y Kafka. Yo mismo me asombro y me pregunto cómo he conseguido acercarme tanto al lenguaje tan sumamente elíptico de los relatos de Kafka como en “Un médico rural”, por citar un ejemplo concreto, ya que el castellano carece de las posibilidades que el alemán ofrece a sus usuarios de lujo, los escritores, para crear y aglutinar nuevas palabras a partir de la composición verbal. Pero “mi” Kafka en español está ahí como prueba de que a veces es posible hacerlo. El mismo Elias Canetti, cuya lengua madre era el ladino, el español hablado por sus antepasados, los judíos sefardíes expulsados de España en 1492, me agradeció y felicitó varias veces en sus cartas, que conservo como un auténtico tesoro, por mi fidelidad a su práctica de la elipsis, particularmente en sus colecciones de Apuntes. Siempre me decía que en la traducción se tiene que “explicar” el pensamiento aforístico, pues esto supondría aniquilarlo. Lo que es críptico para un lector alemán debería serlo también para un lector en lengua española.
 –¿Cómo defines el equilibrio entre una vida llena de viajes y experiencias, como la tuya, y el método de trabajo de un traductor?
–La traducción literaria ha adolecido siempre, en el ámbito hispanohablante, de una falta de remuneración económica digna, que se condiga con las enormes dificultades del trabajo, incluyendo las tareas de investigación paralela que el texto original exige muchas veces. Aparte de esto, el traductor sólo tiene que cumplir con entregar su trabajo en un plazo previamente acordado con el editor, pero es dueño del resto de su tiempo, y puede emplearlo como mejor le parezca. En mi caso, y como amante infatigable de los viajes, trataba de recorrer al máximo la geografía europea dentro de lo que me permitían mis magros recursos, y no me arrepiento de haberlo hecho. Fruto de esas correrías, por ejemplo, fue el aprendizaje del italiano y del griego moderno, por mi propia cuenta, y movido por el cariño y el interés que me inspiraban ambos países, su cultura y sus gentes. Y menos mal que lo hice cuando aún podía hacerlo, pues, mírame ahora, en mi condición de discapacitado físico desde hace ya diez años. Solo puedo “viajar” al parque de al lado de mi casa, que es muy bonito, por cierto.
 –En el mundo de habla hispánica tus trabajos se conocen mucho; además, has merecido muchos premios de renombre. ¿Consideras que el Perú te debe algo por acercar una cultura tan importante como la escrita en lengua alemana a nuestro idioma?
–En efecto, he recibido el premio Nacional de Traducción del Ministerio de Cultura de España en sus dos modalidades: el otorgado a la mejor obra traducida durante un año, en 1995, por mi traducción del Libro popular del Doctor Fausto, de autor anónimo del siglo XVI, y, más tarde, en el 2004, el Premio Nacional a la obra de un traductor. Ese mismo año me concedieron en Alemania el premio de la Calwer Hermann Hesse Stiftung por mis traducciones de obras de Hermann Hesse al español, y al terminar el milenio anterior, el año 1999, el Ministerio de Cultura de Austria me concedió el Premio Nacional austriaco por mis traducciones de obras de autores austriacos al español como Franz Kafka (La metamorfosis, entre otros textos) y Elias Canetti (Masa y poder), entre otros importantes. El Perú, mi país de nacimiento, es el único que aún no me ha hecho llegar ningún reconocimiento por haber acercado a nuestro idioma más de ochenta obras escritas en lengua alemana, de escritores alemanes, austriacos y suizos, aunque dicen que más vale tarde que nunca. Ojalá alguna autoridad se acuerde de mí.
FUENTE: clubdetraductoresliterarios.blospot.com

JUEVES 29 DE ABRIL DE 2010


El nombre del traductor debe figurar en la cubierta del libro

Editor, crítico y comentarista cultural, Manuel Rodríguez Rivero nació en Barcelona. Ha colaborado en una treintena de medios de comunicación y trabajado en las editoriales Cuadernos para el Diálogo, Alfaguara (director editorial adjunto), Espasa Calpe (director literario), Punto de Lectura (asesor editorial) y otras. Desde 1998 a 2001 colaboró semanalmente en Babelia, suplemento cultural de El País. Desde  2002 a 2007 fue titular de la sección "Pasen y Lean" en el suplemento ABCD del diario ABC, donde también escribió artículos de opinión. En 2008 regresó a El País, en cuyas páginas de cultura publica semanalmente la columna "Ídolos de la cueva", y en Babelia escribe la página semanal "Sillón de Orejas". Colabora en el mensual Revista de Libros y es director literario de la editorial Viamonte. Ha recibido, entre otros, los premios "Bibliodiversidad" del Gremio de Editores de Madrid (2004) y el premio "Atlàntida" del Gremi d´Editors de Catalunya (2006) al mejor articulista. El presente artículo corresponde a la edición del 28 de este mes de El País.El autor oculto
Los dos primeros libros que recuerdo haber leído fueron una edición aligerada de Robinson Crusoe y una expurgada de Las mil y una noches. Antes hubo otros: cuentos, historias infantiles, álbumes de tebeos. Pero de aquellos dos conservo una memoria intensa y nada nebulosa, tejida con la magia de muchas tardes consumidas descifrando en soledad signos que me conducían lentamente a un sentido, desvelándome una historia que, con mi esfuerzo, conseguía desplegar ante mi imaginación, y de la que, por ello mismo, también me sentía autor. Si no hubiera sido por mi empeño de lector, aquel camino que otros habían trazado negro sobre blanco habría permanecido mudo, infranqueable. En cierto modo, yo era como una partera: leer era también crear, dar vida a aquellas historias inmortales.
Entonces no era consciente de que, además de quien los había imaginado y escrito, aquellos libros cuya lectura tantos placeres me proporcionaba tenían otro autor oculto. Tanto Robinson comoLas mil y una noches (de la que leí una adaptación de la edición francesa de Antoine Gallant) habían sido escritos originalmente en lenguas diferentes a la mía, lenguas que yo no podía entender, por lo que habían tenido que ser reescritos para mí por otros que sí podían hacerlo. Alguien que, después del autor, pero antes que yo, los había leído, y que había tenido que tomar decisiones fundamentales para poder comunicarme sus secretos ocultos sin que el relato original perdiera demasiado en el viaje de llegada.
Cuando leo, por ejemplo, Estambul o Tokio blues o Corrección –textos que no sabría leer sin mediación– no puedo evitar preguntarme cuánto de lo que en ellos leo pertenece a Pamuk o a Murakami o a Bernhard, y cuánto a Rafael Carpintero o a Lourdes Porta o a Miguel Sáenz. Qué debo al autor y cuánto a los que pusieron su obra a mi alcance. Los traductores –se ha repetido hasta la saciedad– han sido desde siempre elementos fundamentales en la transmisión y universalización del saber. Y, sin embargo, uno no deja de tener la impresión de que ese reconocimiento se da demasiado por supuesto, de que tiene algo de impostado, de declaración de buenas intenciones que no siempre se plasma en esa clase de convicción profunda que cambia hábitos y modifica conductas.
Me refiero, por ejemplo, al explícito reconocimiento editorial del traductor como coautor del libro en la lengua de llegada. La mezquindad con que todavía muchos sellos (incluso literarios) disimulan su nombre –confinándolo a la portada interior y la página de créditos, en vez de estamparlo en la cubierta– me resulta inexplicable. Se diría que el editor se avergüenza del traductor, que no desea concederle excesivo protagonismo, por si acaso. Por supuesto, una actitud semejante tiene que ver con la consideración editorial del traductor, con el regateo a la hora de negociar tarifas (hace tiempo congeladas), con la reticencia a pactar regalías que le permitan participar en el pastel de los beneficios, especialmente en el caso de que el libro que tradujo se convierta en un best seller.
El nombre del traductor debe figurar en la cubierta del libro. Su visibilidad es imprescindible como reconocimiento y como elemento de información al lector-consumidor. La manida excusa de los "imperativos" gráficos es pura filfa. Cuando Jaime Salinas, maestro de editores, encargó a Enric Satué el diseño de la segunda Alfaguara, uno de los "imperativos" fue precisamente que el nombre del traductor figurara bien claro en los paratextos de la cubierta. En los setenta esa decisión creó escuela y hubo algunos sellos (literarios) que la adoptaron. Pero hoy parece que en ese aspecto hemos retrocedido. Se diría que, para ciertos editores, el traductor es como ese pariente incómodo que se evita presentar a los amigos. Dándole la vuelta al viejo tópico, ahora el traductor es el traicionado.

jueves, 7 de julio de 2011

5 de Noviembre de 2005

La invisibilidad del traductor


¿Por qué se pretende que los traductores seamos invisibles ante la sociedad?
Como traductora, observo una cierta invisibilidad ideológica muy sutil y, como no, la más evidente invisibilidad profesional. Una situación paradójica esta última, especialmente porque estamos en constante contacto con material traducido: películas dobladas o subtituladas, publicidad, obras literarias...
Es en este último ámbito donde la cosa cambia, ya que al menos en traducción literaria el traductor goza de cierto prestigio al ser reconocido como tal y aparecer bajo el nombre del autor. Eso sí, pensamos que en nuestra estantería tenemos un Poe, y lo leemos como tal, sin pensar una vez adentrados en sus páginas que al mismo tiempo que leemos las obras en prosa de Poe, estamos leyendo también a Julio Cortázar.
En muchas ocasiones, una de las condiciones previas a la elaboración del encargo de traducción consiste en que "la traducción no se note", que no parezca precisamente lo que es, una traducción. Y digo yo, una cosa es no dejar huellas de estructuras gramaticales de la lengua origen, falsos amigos, y cualquier otra burrada que se os pase por la cabeza y otra muy distinta es eliminar por completo la figura del traductor.
Os recomiendo un libro fantástico condición sine qua non para adentrarse en el mundo de la traducción, una obra de Lawrence Venuti que refleja a la perfección esa incorporeidad de la que os hablo, The Translator's Invisibility. No estaría mal que le echárais también un ojo a The Scandals of Translation, del mismo autor, y disponible en formato digital aquí.
Si os interesa la traducción lieraria, podéis indagar un poquito más sobre el tema en un interesantísimo artículo que recoge los supuestos de la traducción literaria y la labor creadora del traductor literario en España y su situación laboral.
Por cierto, ¿tendrían los traductores que reivindicar sus derechos de autor?
La Ley de Propiedad Intelectual incluye a las traducciones entre las obras que son objeto de propiedad intelectual. De ello se deriva la consideración legal del traductor como autor (eso sí, nada de derechos de explotación). El texto legal define como “la persona natural que crea alguna obra literaria, artística o científica” (artículo 5.º del Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual).
Eva Ruiz a las 08:25 PM | Referencias 0 


Traductores coinciden en dar "mayor visibilidad" a su profesión 

CAMPUS RED, 27 de agosto de 2006
Traduccion-Conferencia. Traductores coinciden en dar "mayor visibilidad" a su profesión
EFE
Buenos Aires, 27 ago (EFE).- Traductores de 22 países coincidieron en la necesidad de darle "mayor visibilidad" a su profesión, durante una conferencia internacional del área que finalizó hoy en Buenos Aires.
    "Pertenecemos a una profesión que no tiene visibilidad social.
Pero lo cierto es que no hay comunicación posible sin los mediadores lingüísticos", explicó a Efe la presidenta de la conferencia, la argentina Aurora Humarán, al término del encuentro al que asistieron más de 300 profesionales.
   Durante la conferencia, la primera que organiza en América ProZ.com, el mayor sitio web para traductores a nivel mundial, los profesionales también despejaron dudas y actualizaron información sobre "aspectos vinculados a la traducción, a la tecnología y a la práctica", añadió Humarán.
    Entres los ponentes que participaron del encuentro, que comenzó el pasado viernes, se encuentran el presidente de la Agencia Efe, Alex Grijelmo, y el titular de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia.
   También formó parte de la lista de oradores el coordinador general de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), el filólogo Alberto Gómez Font, y el traductor al español de la obra del escritor checo Milan Kundera, Fernando Valenzuela, entre otros.
    En su disertación "Cómo seducen los traductores", Grijelmo consideró que "todo traductor es un intérprete", ya que "debe explicar acciones, dichos o sucesos que pueden interpretarse de diferentes modos", además de "incorporar un modo personal de expresar la realidad".
    "Hay ocasiones en las que una buena traducción puede mejorar una obra. Debemos prestigiar vuestro trabajo y vuestro nombre. Sois los instrumentistas del idioma. Sólo vosotros podéis demostrar que las palabras distintas nos hacen iguales", enfatizó el autor de "La seducción de las palabras" (2000), entre otros libros.
    Por su parte, Gómez Font señaló que los autores y los traductores deben "trabajar juntos para entre todos se pueda encontrar un español global y válido en el que no se generen pequeñas parcelas".
    En su charla "Español Global", el filólogo propuso crear un banco de datos en el que se vuelquen listados de palabras comunes que puedan entenderse en todos los países hispanos.
    "Estas diferencias generan un problema para grandes medios de comunicación como puede ser CNN en español, que no se puede dar el lujo de utilizar palabras que no se entiendan en Argentina, Bolivia, Panamá o cualquier otro país de habla hispana", sostuvo Gómez Font.
    En tanto, Valenzuela disertó sobre la importancia de que el traductor pueda hablar con el autor de la obra y mantener un contacto personal con su cliente.
    Para ejemplificar su posición, el traductor contó su experiencia con el escritor checo Milan Kundera, quien apareció de forma sorpresiva en su casa para conocerle.
    "Fue una charla impresionante y muy emotiva que nos dejó al borde de las lágrimas", opinó Humarán acerca del relato de Valenzuela.
    También disertaron la argentina Patricia Willson, ganadora del Primer Premio Panhispánico de Traducción, y de Terry Cullen, que tradujo al inglés la célebre historieta "Mafalda", entre otras.
    "Se fueron todos muy conformes. Y lo que es más importante: muchos se fueron con respuestas, pero también con muchos preguntas que abren paso al debate", definió la presidenta del encuentro.
    Esta conferencia, organizada por un sitio web que conecta a más de 130.000 traductores en todo el mundo, se llevó a cabo anteriormente en las ciudades de Sitges (España), Oxford (Inglaterra) y Cracovia (Polonia).