martes, 17 de enero de 2012


Números y trampas de la traducción

La reciente edición de 'Cien mil millones de poemas' pone en evidencia los riesgos que corre la literatura al ponerse en manos de algunos traductores

13.01.12 - 00:20 -

Es manifiesto no solo que los lectores que no leen en lengua original, o porque no saben, no pueden o no quieren, se encuentran en indefensión ante el libro que tienen en las manos, sino que también y con no poca frecuencia se hallan sujetos bien a la ignorancia e incongruencias de algunos traductores -subrayamos lo de algunos-, bien a sus caprichos estéticos y veleidades supuestamente eufónicas. La caradura no está exenta del catálogo de pecados del traductor traidor. Me contaba en cierta ocasión un editor de referencia en España que un traductor muy laureado y del que omitiremos el nombre -aunque más adelante en estas líneas tal vez aparezca...-, le ofreció una versión de 'Quo vadis?', aun sabiendo que el editor sabía que él no sabía polaco; el traductor justificó su oferta con una afirmación capciosa: que la traducción la haría una polaca amiga suya y él se encargaría de la revisión. Lo que en realidad ocurrió -lástima de falsa historia de amor con la polaca- es que el traductor se limitó a teclear su texto desde una versión francesa del novelón de Sienkiewicz, dejándose en evidencia ante el fino olfato del editor -que tuvo la paciencia de cotejar con un ejemplar traído de Francia-, por el uso de galicismos varios.
En verdad, el trabajo del traductor es ingrato: sabe que es difícil que su labor en sí misma pase a la posteridad, casi nunca se recuerda ni cita su nombre salvo en casos muy concretos o por tareas heroicas, su labor es la de sombra del que verdaderamente importa, esto es, el autor. Pero por si esto fuera poco, como producto del mal pago y de las presiones temporales, el traductor trabaja muchas veces a destajo y con desgana, y hasta cae en los llamados «falsos amigos», quién sabe -pensemos con benevolencia- si como forma poco sutil de venganza. En otros casos, se presta al juego de intentar dejar su huella, de cambiar el título de libros que siempre hemos conocido bajo una denominación y no otra; Xandru Fernández Navona lo hizo con 'La metamorfosis' de Kafka, que convirtió, por otra parte con escaso seguimiento, en 'La transformación', y Mauro Armiño cambió por 'A la busca del tiempo perdido' el clásico de Proust, mientras que tanto él como Carlos Manzano introdujeron la variante 'Por la parte de Swann' para la habitualmente conocida como 'Por el camino de Swann', por solo citar algunas de las más sonadas. Estas modificaciones en títulos que forman parte de nuestro ideario cultural pueden llegar a encontrar su justificación, por más que pueda costar aceptarlas. Cosa distinta es que esas modificaciones no tengan ni pies ni cabeza, sean arbitrarias o respondan a una mala traducción; en estos casos, más que un impacto intelectual lo que recibimos es un bofetón.
Ni más ni menos que eso es lo que ocurre en la reciente edición de 'Cien mil millones de poemas' realizada por Demipage, en rescate de la mítica obra de Raymond Queneau, 'Cent mille milliards de poèmes', que acaba de cumplir, en el pasado verano, cincuenta años desde su publicación en Francia por la también mítica editorial Gallimard. Para quien no conozca cuál es el asunto en su origen, aclaramos que se trata de un libro en el que Queneau, siguiendo uno de los juegos poético-matemáticos a que era tan aficionado, plantea al lector la posibilidad de construir a su antojo hasta cien billones de poemas a partir de la combinación aleatoria de los catorce versos de cada uno de los diez sonetos escritos para este, podríamos llamarlo así, experimento literario. Para hacer más gráfica la cosa, el libro, de precioso formato en tapa dura y entelada, presenta sus páginas cortadas en catorce finas tiras, una por cada verso, que facilitan la combinación ya mencionada. En un cálculo matemático elemental, Queneau presenta la fórmula de la que resulta la cantidad de poemas posibles (10 elevado a 14=100 billones) y transcribe la cifra en guarismos de color rojo: 100.000.000.000.000. No hay duda. ¿O sí?
Cabodevilla anota que «los beduinos tienen diez palabras distintas para nombrar la arena; los lapones, veinte para el hielo y más de cuarenta para la nieve». Este número crece entre los esquimales, que, según Margaret Atwood, «tenían cincuenta y dos palabras para la nieve porque era importante para ellos». Pero para las matemáticas la cosa cambia. Un billón es un billón. Bueno, también un millón de millones. Y cien mil miles de millones. Esta última es exactamente la versión que prefiere Queneau en su título 'Cent mille milliards de poèmes', ya que 'milliard' debe traducirse por mil millones, no por millones a secas.
De todos estos asuntos parece que Demipage y los diez autores implicados en el proyecto -Jordi Doce, Rafael Reig, Fernando Aramburu, Francisco Javier Irazoki, Santiago Auserón, Pilar Adón, Javier Azpeitia, Marta Agudo, Julieta Valero y Vicente Molina Foix- se lavan las manos. A los que amamos el librito de Queneau por su innegable belleza y lo que representa, hallar su traducción a nuestro idioma, y además en un mimado volumen, nos emociona a primer golpe de vista por lo que encierra de aventura. La emoción deja pronto paso al asombro. La traducción del título se reduce a 'Cien mil millones de poemas' porque sí, como «la rosa es sin porqué»; con ello no solo se pervierte el título de Queneau y se demuestra que no se saben matemáticas: lo peor de todo es que no se sabe traducir. En el prólogo, la editorial se hace un ocho (parece que vamos de cifras) e intenta con palabras que rozan lo incomprensible justificar lo injustificable: que los números no les salen y que la traducción y los poemas posibles no concuerdan. ¿Solución? Nos colocamos en actitud de alarde y decimos que, para que el título nos cuadre, y porque además nos suena mejor en la oreja, nos hemos cargado tres ceros por la cara; por supuesto, del prologuito original de Queneau transcribimos solo la parte que nos interesa, no vayamos a parecer... lo que no queremos parecer.
Del contenido también se puede hablar, aunque en este caso no se trata de traducción sino de creación: diez sonetos de los diez autores mencionados, no en endecasílabos, sino en alejandrinos, a la francesa, con dos tercetos finales que a veces son encadenados y a veces más bien parecen tres parejas desencadenadas. Curiosamente, se explica también en el libro que, siendo una de las rimas elegidas en -ero, proliferaban en casi todos los sonetos los aguaceros, y hubo reuniones para secarlos y eliminarlos. ¿Por qué no se hizo lo mismo con otra de las rimas, en -encia, que ha dado tantas ausencias que casi cada uno de los sonetos la tiene «en presencia»? Queneau no repitió palabra alguna en sus rimas y eso que él solito se trabajó sus diez sonetos. No entremos a valorar algunas otras de las consonancias; uno de los versificadores se precia de su empeño y logro en usar la palabra vagina; yo particularmente, y terminando igual, prefiero calamina, pero esa es ya cuestión de gustos personales.
En suma: traducir es posible, dentro de lo posible de las cosas humanas. Solo hace falta, en palabras de García Yebra, «decir todo lo que dice el original, no decir nada que el original no diga, y decirlo todo con la corrección y naturalidad que permita la lengua a la que se traduce». Ahí es nada. En todo caso, tan difícil tarea bien merece mayor atención por nuestra parte: como lectores, pendemos del leve hilo de tinta del orfebre o aleve traductor.

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