domingo, 24 de julio de 2011

AmoroideANGELA ALVAREZ VÉLEZ


No sé cómo traducir el neologismo Lovotics, que es un cruce entre Love y Robotics (amor y robótica) pero no se trata de una empresa ficticia en donde trabaja el malo de un nuevo cómic ni otra serie de J.J. Abrams sino campo de investigación.
El nombre se lo dio el profesor Hooman Samani del Laboratorio de Robótica Social de la Universidad Nacional de Singapur refiriéndose a su labor de desarrollar robots que interactúan con humanos para generar lazos fuertes de apego y cariño.
Samani ha logrado construir un sistema que simula la fisiología de un humano enamorado. Dado que lo que sentimos cuando estamos enamorados en últimas se debe a las hormonas, creó un sistema endocrino artificial parecido al nuestro. El resultado es un robot que puede mostrar seis emociones diferentes (felicidad, tristeza, temor, sorpresa, asco e ira) con movimientos, lucecitas, vibraciones y sonidos con los cuales se comunica con los humanos y responde a los estímulos. Parece que si bien es cierto que el amor no se puede comprar, es posible que se pueda manufacturar.
Habrá quienes duden que un aparato pueda hacernos sentir emociones verdaderas a punta de luces y sonidos, pero yo no creo que sea tan descabellado. Hay gente que siente afecto real por sus aparatos. Sin ir muy lejos, mi esposo siente cariño por el carro. Le dio pesar vender el anterior y a veces lo recuerda con nostalgia. Y no está solo. Mi mamá recientemente perdió su laptop a causa de un accidente y yo pensé que se iba a poner de luto. Y si les soy sincera, en estos días vi un iPad y me pareció bastante sexy. Pero los robots de Hooman son más complejos aún que la Blackberry más sofisticada porque se pueden aburrir, sentir celos, estar de buen o mal genio basados en la manera como “su humano” interactúa con ellos. Y aquí es donde la cosa me parece complicada porque si así no más hay días en que el computador no me hace caso y la llamada no me sale, no me imagino cómo sería de difícil la vida si tuviera que lidiar con que el mouse está digno porque toco más al teclado.
Porque el problema de simular las emociones humanas es que las emociones humanas son un desastre. No quiero siquiera pensar en lo que sería un teléfono adolescente. “Uy no, qué oso llamar a ese man. O sea, no estás en nada. Me niego a marcar y si me obligas VOY A LLORAR Y LE VOY A DECIR A TODOS LOS SEMÁFOROS QUE SE PONGAN EN ROJO. Mejor me voy para donde la nevera. Ella sí me entiende”; o un computador con Síndrome Pre-Menstrual (“no quiero ir a Internet porque tengo no tengo la pantalla lozana y se me ve enorme el módem”). Y ni siquiera pensemos en un vibrador acomplejado…
Claro que la idea no es llegar así de lejos, pero ¿dónde trazamos la línea? ¿cómo hacemos para separar únicamente las emociones que nos parecen entrañables y dejar fuera las que nos parecen hartas? Si pudiéramos hacer eso, no necesitaríamos robots.
FUENTE: http://www.latarde.com

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